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La Aldea fue para mí un hogar en donde encontré a Dios y a amigos llenos de amor, esperanza y caridad. Amor ya que es eso lo que sentí. Me sentí acogido como en una familia, sin tener que demostrar que valgo la pena de vivir en ella. Esperanza ya que cada día era un nuevo amanecer, esperando que cada día sea aun mejor que ayer. Caridad ya que eso fue lo que vi a mí alrededor, madres adoptivas llenas de paciencia, Hermanas Franciscanas con pleno don de si mismas y Sacerdotes con el mismo objetivo de hacer de mi una persona tanto responsable como respetuosa a la vida y a los que me rodean.
En la Aldea aprendí a querer vivir y vivir no solamente para respirar el aire si no, sobre todo, para buscar en ella la felicidad que cada uno tiene derecho.
Escribiendo estas pequeñas líneas, la nostalgia y las lagrimas me suben a los ojos y a mi mente vienen recuerdos que nunca olvidare. Recuerdo un Papa Aquiles venirnos a ver y solamente verlo sonreír es ver un ángel lleno de felicidad. Como añoro esos momentos y aun mas en los cuales me sentí feliz los cuales guardo como mi mejor tesoro dentro de mi corazón.
Ahora que tengo ya 13 años viviendo en Canadá, un hijo de 4 años y medio y una niña de 3 años, simplemente les quiero transmitir la base de mi vida: “ama a Dios y al prójimo desde lo mas profundo de tu ser”
Carlos Ramos
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